La Medicina Lejos de Casa: Ser Estudiante Foráneo en la Carrera de Medicina

La Medicina Lejos de Casa: Ser Estudiante Foráneo en la Carrera de Medicina

Por: Eros De La Cruz y Flores, Ana Sofía Calderón Ruiz y Luis Ángel Villarreal de la Cerda.
Estudiantes de la Facultad de Medicina Unidad Saltillo U.A. de C.

“Llevo años cuidando a este niño, viendo que se sienta amado, que se sienta aceptado donde sea que quiera estar. O si quiere salir al mundo para hacer cosas espectaculares. Pero lo que más me preocupa es que ellos no te cuiden como nosotros, o que no te animen como nosotros. Así que hagamos un trato: vayas a donde vayas, tienes que prometerme que vas a cuidar a ese niño por mí, y que nunca olvides de dónde proviene. Que nunca dejes que nadie, en todos esos lugares elegantes donde va a estar, le diga que no pertenece ahí. Y que, cuando vuelva a casa, llegue a tiempo… prométemelo, Miles. Tan solo… no te pierdas.”
— Rio Morales
(Spider-Man: Across the Spider-Verse)

Ser estudiante de medicina implica mucho más que asistir a clases o memorizar libros extensos; es una experiencia que transforma por completo la forma de vivir. Detrás de cada bata blanca hay jornadas interminables de estudio, desvelos, exámenes, guardias y un compromiso constante con el aprendizaje. La carrera exige una dedicación que rebasa los límites del horario académico: noches sin dormir para preparar exámenes, fines de semana ocupados en prácticas clínicas o repasos, y la renuncia temporal a momentos personales o familiares.

A esta carga académica se suman múltiples factores de riesgo que afectan la salud física y mental del estudiante. Y ahora, ¿Qué pasaría si a todo esto le sumamos una situación por la que atraviesan muchos estudiantes? Estar lejos de casa…

¿Por qué viajar de una ciudad a otra? ¿Por qué estudiar en un lugar donde no está mi familia? ¿Por qué emigrar?

En la Facultad de Medicina Unidad Saltillo de la Universidad Autónoma de Coahuila, una gran parte de los alumnos llega desde distintos municipios e incluso desde otros estados del país, con un mismo propósito: convertirse en médicos. Sin embargo, el camino no es fácil. Además de la exigencia académica, muchos de estos jóvenes deben asumir responsabilidades que antes tal vez compartían con su familia: cocinar, lavar, limpiar, administrar su dinero, cuidar su salud y, sobre todo, aprender a sobrellevar la distancia emocional de su hogar.

Y todo es cuestión de perspectiva. Creces en tu zona de confort, cobijado por tus padres y tu familia. Se acerca el final de la preparatoria y llega el momento de escoger una carrera. Al principio parece fácil: estaré solo en una nueva ciudad, tendré nuevos amigos y nuevas experiencias, podré al fin vivir por mi cuenta.

Hasta que llega el día en que realmente tengo que irme. Entonces me doy cuenta de que, en efecto, estaré solo en una ciudad desconocida; habrá personas de todo tipo —buenas y malas—, y vivir solo ya no parece tan satisfactorio como sonaba en mi cabeza. Pero con el paso del tiempo, esa experiencia se convierte también en un reto: una prueba de madurez, de resiliencia y de crecimiento.

Para conocer mejor esta realidad, mediante una encuesta se inspiró a un grupo de estudiantes foráneos de la Facultad de Medicina Unidad Saltillo a expresar su más profundo sentir sobre este tema. Sus respuestas reflejan el lado más humano de la formación médica, uno que pocas veces se menciona entre los extensos libros y las prácticas hospitalarias.
Cuando se les preguntó qué consideran lo más complicado de ser estudiante de medicina y, a la vez, ser foráneo, la mayoría coincidió en un punto: el tiempo nunca es suficiente. Uno de los participantes expresó que lo más complicado para él es: “El estrés y la organización del tiempo para realizar actividades extras”, mientras otro agregó: “Llegar post guardia y tener que hacer de comer o labores de casa.” Muchos mencionaron que el hecho de tener que cocinar, limpiar y atender sus propias necesidades resta muchas horas de estudio y descanso.

Como dijo un alumno: “Por sí sola es una carrera pesada, y si se le agregan las responsabilidades del hogar y el hecho de estar lejos de una red de apoyo, se hace más difícil.”, otra alumna expresó: “Tener que perderme de situaciones familiares, tanto fiestas como funerales, por tener que estar estudiando y no tener disponibilidad de trasladarme.”.

A pesar de ello, las respuestas también reflejan fortaleza, madurez y orgullo. Cuando se les pidió describir qué significa para ellos ser un estudiante foráneo en la carrera de medicina, surgieron palabras de inspiración. Un estudiante escribió: “Es algo importante porque te demuestras a ti mismo que uno se puede adaptar a diferentes escenarios de la vida.” Otro expresó: “El esfuerzo que haces, aunque digan que no, sí es el doble a comparación de los que viven acá.”
Muchos resaltaron el crecimiento personal que implica esta experiencia y la mejora contaste que causa en los estudiantes día con día: “Implica adaptarte a una nueva ciudad, administrar tu tiempo y tus recursos, y construir una nueva red de apoyo. Es un camino de sacrificios y crecimiento personal.”

Para otros, ser foráneo es una prueba constante de disciplina, los días se hacen pesados, y a veces la soledad abruma, como bien lo dijo un alumno foráneo:

“Es todo un reto, para ti mismo y obviamente para tus padres, que hacen un gran gasto para que puedas estudiar lo que te gusta fuera de casa. Tienes que ser disciplinado, porque es muy fácil distraerte al ser tú mismo quien se pone los límites.”

Sus palabras reflejan una realidad que muchos compartimos, cada visita al ranchito es una cálida y reconfortante curita para el alma, pero también un fuerte recordatorio de que detrás de cada estudiante que decide emprender este camino, hay padres que confían, que se esfuerzan y que muchas veces sacrifican su propia comodidad para darnos la oportunidad de cumplir nuestros sueños.

Esa certeza se convierte en una de nuestras más grandes motivaciones, una razón silenciosa pero poderosa para seguir adelante, incluso cuando el cansancio o la nostalgia nos pesan más que la mochila del estudiante. Ellos son el pilar silencioso que sostiene nuestra meta, los que nos enseñaron con el ejemplo que el trabajo duro y el amor pueden cruzar cualquier distancia.

Ese apoyo no solo se mide en lo económico, sino también en la fe que depositan en nosotros. Saber que alguien confía en tu capacidad para lograrlo, incluso cuando tú mismo dudas, es uno de los mayores motores para seguir adelante. Y en esos momentos de cansancio o soledad, recordar ese esfuerzo nos devuelve la fuerza para continuar, para demostrarles —y demostrarnos— que todo ha valido la pena.

El sentimiento común es claro: ser foráneo en medicina es un reto tan grande como la carrera misma. Exige fortaleza mental, independencia y una madurez que se gana a base de esfuerzo diario. Como resumió uno de los encuestados: “Medicina es una carrera muy demandante, tanto física como mentalmente; al no tener a tu familia cerca y además tener que balancear las responsabilidades de la escuela, del hogar y cuidar de ti mismo, lo convierte en un reto.”

Incluso ser foráneo es una travesía que va más allá de lo geográfico: es un viaje interno, una búsqueda constante por encontrarnos en medio del cambio. Cada día se vuelve una lección, una oportunidad para superarnos. Desde el primer intento de cocinar lo que hacía mamá, hasta el momento en que logramos organizarnos sin que nadie nos lo recuerde. Nos damos cuenta de que, aunque la distancia duela, también nos hace más fuertes.

Pero no todo es. Muchos de los estudiantes coinciden en que cada esfuerzo vale la pena. “La mejor recompensa de estar lejos es que tus papás te vean consiguiendo tus sueños”, escribió un alumno. Esa frase resume el sentido de todo este camino: la distancia duele, pero se transforma en motivación.

Ser estudiante foráneo de medicina es aprender a curar mientras se aprende a resistir. Es vivir con el cansancio en los hombros y la nostalgia en el pecho, pero también con la convicción de que cada día lejos de casa acerca un poco más al sueño. Aprender a vivir lejos de casa es también aprender a convivir con la ausencia, no solo la de los seres queridos, sino la de las pequeñas rutinas que antes parecían insignificantes: los desayunos familiares, las pláticas de sobremesa, el ruido cotidiano que hoy se reemplaza por el silencio de un cuarto ajeno.

Poco a poco, ese silencio se vuelve maestro. Nos enseña a estar con nosotros mismos, a crecer en lo simple y a valorar lo que antes dábamos por sentado.
Y entonces, si ya hemos sido capaces de dejar nuestro hogar para seguir un sueño, llega el momento de replantear las preguntas:

¿Por qué no atrevernos a alcanzar más? ¿Por qué no perseguir lo que realmente nos apasiona, aunque el camino parezca incierto? ¿Por qué no confiar en que todo este esfuerzo vale la pena? ¿Por qué no creer que, aunque estemos lejos, seguimos llevando a nuestra familia y nuestras raíces dentro? ¿Y por qué no soñar más alto, si ya aprendimos a volar solos?



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